Así pues, en esta pequeña gran batalla de AMYLADR que nos ofrece j. Negrete al final de la novela, y como colofón de la misma, podemos contemplar una mezcla bélica y de estrategia en la actuación de Alejandro y su ejército.
En verdad, esta batalla del Vesubio es una recreación y rememoración de la famosa batalla de Cannas. Allí triunfó de forma definitiva el genio militar de Aníbal.
Para demérito de Alejandro y sus falanges, sarissas y su caballería de Hetairoi, Negrete ha optado y elegido como líder táctico al cartaginés frente al macedonio. Parece que ha resuelto la diatriba de quien fue el mejor general de la antigüedad.
Si que nos queda, sí, como elemento tipo que vemos que se repite desde los inicios del género épico, ya hemos recurrido a la Ilíada al duelo singular entre Teucro y Héctor y Esténelo, y luego ya reproducido en Gaugamela, el mosaico, y de ahí hasta los matinées de los años setenta, nos queda el enfrentamiento breve, a lanza, en principio, entre los dos líderes, y la resolución de la batalla.
Aunque aquí es verdad que no hay para nada, como sí en Gaugamela, una relación directa entre la captura o muerte del líder enemigo y la derrota del ejército.
En la novela de Negrete la derrota parece independiente de la muerte del dictator Papirio. Es efecto, tal como se describe con detalle a lo largo de las páginas, es efecto de la genial y tramposa estrategia de este Alejandro-Aníbal.
Este Alejandro reproduce unos doscientos años después lo que hará en verdad Aníbal en el sur de Italia, en su última victoria ante los romanos. Aunque los lanceros, hipaspistas, la caballería de los Compañeros y el propio arrojo y valentía de Alejandro están presentes, como en las batallas asiáticas, el éxito y la derrota sobre las legiones procede de la astuta estrategia envolvente en la que el general cartaginés Aníbal hizo caer a un gran ejército romano.
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