EL CABALLO, TRES MIL AÑOS DESPUÉS: NAVÍO EN LUGAR DE CABALLO.
Loncar, el ambiguo espía republicano en Estambul, lleva tiempo dándole vueltas a cómo remediar la sangría de los barcos saboteados en el cruce del Egeo. Sentado al borde del mar, queda ensimismado, y su mente, como siempre, hace extrañas conexiones.
Sin moverse del banco, Loncar contempló el lento paso de la embarcación hasta que se alejó canal abajo. Aquel barco, pensó, le recordaba otro que había visto semanas atrás en el Cinema Alkázar, frente al pasaje Çiçek: una película americana titulada Mar de fondo, que narraba las andanzas de un velero en el Atlántico durante la Gran Guerra. Era la historia de un barco trampa a la caza de un submarino alemán, con un argumento general bastante ingenuo …
Y en ese estado disipado en que se encontraban, es cuando le sobreviene la idea que hacía tiempo, aunque no de modo consciente, le venía rondando la cabeza.
Sin embargo, en ese preciso momento, la idea que desde un tiempo atrás rondaba la cabeza de Loncar tomó forma y circunstancia concretas. Su mente de ajedrecista, …, lo vio todo de pronto con tan diáfana claridad, detalle sobre detalle, que se asombró de no haber caído antes en ello.
En la leyenda troyana, la idea del caballo surge tras una visión de Calcante, el omnipresente vate troyano de los aqueos Según ésta, Troya no podría ser tomada por la fuerza, sino merced a un engaño.
Se le ocurre entonces al ingenioso Odiseo, quién si no, la idea del caballo. Unos dicen que fue por instigación de su protectora Atenea, otro que fue cierto Prilis, de Lesbos, del linaje de Hermes. (wikipedia).
El constructor, en esto sí coinciden las fuentes, fue Epeo el más hábil carpintero entre los aqueos.
Estúpido de mí, pensó. Se habría dado un par de bofetadas a sí mismo… Y ahora, de forma inesperada, llegaba la revelación súbita de algo que siempre había estado ahí, en su cabeza. Se puso en pie con brusquedad, excitado, y dio unos pasos nerviosos hasta la orilla del agua ... Naturalmente, concluyó casi feroz. Ahora sabía qué jugada hacer. La idea era tan vieja como la historia bélica de la humanidad, pero los treinta siglos transcurridos no le restaban validez ni eficacia, sino que las acreditaban: ofrecer a los fascistas un caballo de Troya situado en el mar.
El caballo en el film Troya, y la torpedera pirata del Egeo de la novela.
Pero a Loncar no le bastará con haber tenido la idea. Por celos e insidias, es obligado precisamente a embarcar en la nave trampa con la que quiere capturar a la torpedera, aún a su pesar. Y para más inri, en el buque lo confunden con un insidioso comisario político. Ante esa acusación, al espía no le queda otro remedio que revelar que él ha sido el que ideó la estratagema.
Pestañeó Loncar, que no esperaba aquello.
—Disculpe, capitán… Me parece que hay un malentendido. Ni soy comisario político ni embarco en condición de tal.
Lo miró el otro con sorpresa.
—Ah, ¿no?
—En absoluto.
—¿Y qué es, entonces?
—Soy observador en Estambul.
—¿Observador?
—¿Observador?
—Puede llamarlo así, y con ese título estoy a bordo. Esta operación fue idea mía, al menos en principio: el barco trampa… Por eso me ordenan asistir a ella.
Todos, incluso los rusos, lo miraban ahora de forma distinta. Con renovada curiosidad.
—Yo no lo pedí —zanjó.
Aún arrugaba Sáez el entrecejo, pero su acritud parecía haberse suavizado. Miró a sus oficiales y volvió a fijarse en Loncar, estudiándolo de los pies a la cabeza como si lo viese por primera vez.
—Se le ocurrió a usted, dice.
—Más o menos.
…
Ya una vez zarpan de Estambul en el buque trampa, destino a la misión, la cuestión vuelve a retomarse. Aquí PR juega con la intertextualidad y el conocimiento compartido con los lectores, en relación al caballo de hace tres mil años y el navío trampa que ahora en esos momentos surca las aguas de los Dardanelos.
Apoyado en el alerón de estribor del puente, Salvador Loncar contemplaba la costa turca, cada vez más lejana. El Kronstadt había dejado atrás la parte angosta de los Dardanelos y navegaba ya por la desembocadura del estrecho, donde este se confundía con las aguas del Egeo.
El segundo de a bordo, Urzái vuelve a retomar la conversación que quedó a medias sobre el papel de Loncar en la misión, y le habla de Troya, pues el navío se encuentra cerca de allí, y del caballo.
—Troya —dijo Urzáiz, el segundo oficial, que había venido a acodarse junto a Loncar mientras fumaba un cigarrillo.
—¿Perdón?
Señalaba el marino la orilla sur del canal que dejaban a popa.
—Está ahí cerca. Supongo que lo sabe.
—Ah, sí —cabeceó Loncar—. Claro.
Sonreía el otro, medio cómplice.
Estrecho de los Dardanelos, con Troya al comienzo del mismo.
—En cierto modo somos una especie de imitadores, diría yo. De herederos… Me refiero al caballo.
Permanecieron callados, observando a los artilleros rusos que se ejercitaban …
Urzáiz miraba al pasajero con curiosidad.
—¿Es verdad que la idea de este barco se le ocurrió a usted? —inquirió al fin.
—No, la idea es vieja —Loncar indicó la costa—. Yo me limité a sugerirla para este caso en particular.
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